
Reno, NV – Bryan Christopher Kohberger, el estudiante de doctorado en justicia penal que conmocionó a la nación, pasará el resto de su vida tras las rejas. Un juez federal lo sentenció este miércoles a cuatro cadenas perpetuas consecutivas, una por cada una de las jóvenes vidas que arrebató hace casi tres años en una tranquila comunidad de Idaho.
Kohberger, de 30 años, se había declarado culpable de cuatro cargos de asesinato en primer grado y un cargo de robo. Este acuerdo con la fiscalía le permitió evitar la pena de muerte, pero también silenció la posibilidad de un juicio que podría haber arrojado luz sobre los motivos detrás de la masacre del 13 de noviembre de 2022.
La audiencia de sentencia se convirtió en el escenario para que las familias de Xana Kernodle, Madison Mogen, Ethan Chapin y Kaylee Goncalves confrontaran al asesino de sus hijos. Sus testimonios, cargados de dolor y rabia, revelaron una profunda decepción con el sistema judicial.
La familia Goncalves, en un comunicado citado por CNN, expresó su frustración: “Después de más de dos años, así termina: con un acuerdo secreto y un esfuerzo apresurado por cerrar el caso sin ninguna participación de las familias de las víctimas”.
Steve Goncalves, padre de Kaylee, fue aún más directo en sus declaraciones a la cadena, calificando el acuerdo como una negociación con un “terrorista”. “No se negocia con terroristas ni con personas que matan a sus hijos mientras duermen. Por lo tanto, nunca jamás consideraremos esto como justicia”, sentenció.
Durante la audiencia, Scott Laramie, padrastro de Maddie Mogen, habló con la voz quebrada mientras Kohberger lo miraba fijamente. Describió a Maddie como “una niña fácil de criar” y cómo su brillante personalidad iluminaba cada reunión familiar. “Karen y yo somos personas comunes, pero vivimos vidas extraordinarias porque teníamos a Maddie”, dijo Laramie. “Maddie fue secuestrada sin sentido y brutalmente en un repentino acto de maldad”.
Por primera vez desde los asesinatos, las dos compañeras de cuarto que sobrevivieron al ataque hicieron declaraciones públicas. Dylan Mortensen, quien vio al intruso esa noche, afirmó que “lo que ocurrió esa noche lo cambió todo”. En su testimonio, se dirigió a Kohberger: “Por su culpa, cuatro personas hermosas, genuinas y compasivas fueron arrebatadas de este mundo sin motivo alguno. Les arrebató la persona en la que se estaban convirtiendo y el futuro que iban a tener”.
Por su parte, Bethany Funke expresó en una declaración escrita el profundo arrepentimiento que siente. “Todavía siento mucho arrepentimiento y culpa por no saber qué había pasado y no haber llamado de inmediato”, decía su carta. “Ese fue el peor día de mi vida, y sé que siempre lo será… Sigo pensando en esto todos los días. ¿Por qué yo? ¿Por qué sobreviví yo y no ellos?”.
La evidencia
A pesar de la ausencia de un juicio, la fiscalía presentó un resumen de las pruebas que sellaron el destino de Kohberger. El fiscal principal, Bill Thompson, detalló cómo el rastreo de su teléfono celular lo ubicó en el área del crimen 23 veces en los meses previos.
La noche de los asesinatos, cámaras de vigilancia captaron su vehículo. Ingresó a la vivienda por una puerta corrediza y subió al tercer piso, donde asesinó a Madison Mogen y Kaylee Goncalves. Junto al cuerpo de Mogen, dejó una funda de cuchillo de cuero con su ADN, la pieza de evidencia más crucial. Luego, al bajar, se encontró con Xana Kernodle y su novio, Ethan Chapin, y los mató a ambos.
El intento de Kohberger por encubrir sus crímenes fue meticuloso. Condujo por caminos secundarios para evitar cámaras, limpió su auto tan a fondo que fue descrito como “prácticamente desmontado por dentro”, y su apartamento estaba “espartano”, sin nada de valor probatorio.
La pieza final del rompecabezas llegó de la basura. Los investigadores recolectaron en secreto la basura de la casa de sus padres en Pensilvania y encontraron un hisopo con el ADN de su padre, lo que les permitió establecer una conexión familiar directa con el ADN hallado en la escena del crimen y proceder con su arresto.
Aunque el caso está cerrado, las familias quedan divididas y con el dolor perpetuo de no saber por qué sus seres queridos fueron elegidos por un asesino que estudiaba el crimen y que, irónicamente, aplicó sus conocimientos para intentar lograr el crimen perfecto.





